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Santa Cruz de Barahona
16 enero 2021
ElBoletinRD
Opiniones

No fue coincidencia, fue un puro milagro

Gerson Terrero Amador

En la mañana de hoy me dirigía desde mi casa hasta la parada de choferes para tomar allí un vehículo de concho que me llevara hasta mi lugar de trabajo en Barahona. Cuando pasaba frente a una farmacia vi salir de allí a una mujer macilenta y triste que rápidamente se me acercó para preguntarme:

-Señor, ¿es usted el síndico de este pueblo?

-No, señorita -le respondí imaginando que su edad sería unos 17 años, a juzgar por su apariencia física. Luego, muy curioso, le dije: -¿Y por qué me haces esa pregunta?

-Es… que… -respondía cabizbaja y entre dientes ella- dejé a mi hijito muy enfermo en la casa. Vine a comprarle el medicamento, me faltan equis pesos y no quiero volver para seguir viéndolo sufrir. Está muy mal, señor.

A mí se me clavó entonces en la cabeza un dilema. En mi bolsillo llevaba exactamente los equis pesos que ella necesitaba y eran los que me servirían para el pasaje de ida y vuelta a mi trabajo. Entregarlo a la joven era aventurarme a ir a pedir bolas, lo que no garantizaría llegar a tiempo a las labores. Y del otro lado tenía a una madre que me miraba con los ojos de Dios. Tenía que decidir y al final lo hice así, me arriesgué, me aventuré y puse en manos de la mujer el dinero de mi pasaje porque serviría para la medicina de un niño enfermo. La madre se devolvió a la ligera a la farmacia dando saltos y yo seguí a la parada a negociar con el chofer de turno para montarme y tal vez pagarle después.

No había pasado siquiera un minuto desde que llegué a la parada cuando apareció de repente el gran amigo Milcíades Guevara Féliz para decirme desde una yipeta:

-Amador, ven móntate para llevarte a tu trabajo.

Mientras nos dirigíamos a Barahona yo iba pensando que con la bola encontrada ya me había evitado, por lo menos, tener que rogar para que me llevaran al trabajo y que ahora el reto era rogar para que me devolvieran a La Ciénaga.

Allá en Barahona la situación mejoró bastante. Encontré dinero con qué pagar el pasaje de vuelta y ya a la tarde, terminado el trabajo, tenía la confianza de tomar a mis anchas el primer vehículo de concho que apareciera. Pero saliendo de la oficina de trabajo, de repente un gran amigo de toda la vida, mi colega de canto Junior Gómez, me invitó a mintarme en su motocicleta para traerme de gratis a la salida de Barahona en donde ya tendría que tomar, con mi pasaje en la mano, el vehículo final que me regresaría a mi pueblo.

Pero poquitito tiempo después de haberme Junior dejado en la salida, frenó de repente a mis pies mi gran amigo Ánthony El Terrible, un pianista y cantante muy popular que conocí en mis años mozos de canto, quien me dijo:

-Hermano, hijo de Papito La Bruja, súbete, que este vehículo es tuyo.

Y El Terrible entonces me llevó en su yipeta blanca a la puerta de mi misma casa. Milcíades me había llevado en su yipeta, también de color blanco, a la puerta de mi misma oficina.

Los Evangelios son muy claros cuando dicen que lo que hace tu mano derecha no lo puede saber tu izquierda. Es un mandato que siempre hemos cumplido al pie de la letra. Pero de verdad que quisimos contar esta historia por la profunda y positiva lección que considero deja en nuestras manos.

¿Coincidencia? ¿Casualidad? ¿Dioscidencia? A la verdad, no lo sé. Lo que sí puedo decir es que hacer una obra de bien siempre deja una grata recompensa en quien la practica y creo de manera firme que el día en que el servir a los demás se convierta en una cadena (Milcíades y El Terrible fueron dos eslabones), tendremos sin dudas un mundo más feliz, más unido, más próspero y más fructífero, porque el servicio es como el amor: que siempre multiplica para bien todas las cosas que toca.

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