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25 febrero 2024
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“La sombra homicida y otros cuentos”, sacados a la luz por Luesmil Castor, para el mundo literario

Por Ramón Núñez Hernández

Al leer esta antología de cuentos, me llamó mucho la atención, que por primera vez se le dedique un libro completo al escritor neibero, Ángel Hernández Acosta, «Quinito», que por cierto se mantiene en el fondo del olvido. Nacido el 2 de febrero de 1922 y fallecido en Duvergé, el 24 de noviembre 1995, provincia Bahoruco.

Pero mi asombro no es por ser el primer libro del autor en edición completa. No, todo viene porque su compilador y editor, no es de Neiba ni de la Región Enriquillo, como los son, Julio Cuevas, Manuel Matos Moquete, Miguel Aníbal Perdomo y otros, sino del maestro Luesmil Castor Paniagua, un educador y periodista nacido en San Rafael del Yuma, provincia La Altagracia, quien es responsable de una docena de títulos en diversos géneros, como poeta, narrador, ensayista y articulista.

La sombra homicida y otros cuentos, es el título de la obra que reúne la antología narrativa de “Quinito», no de Quinito Méndez el músico que “hace y canta merenguitos para comer”, sino de Ángel Hernández Acosta, de quien el apasionado poeta Julio Cuevas en la página 14, alza la voz cargada de loa y alabanza diciendo que: “Fue un escritor galardonado y en diversos concursos literarios, por la fuerza de su narrativa y el soporte expresivo de su discurso poético. Ese escritor de la narrativa montonera se autoexilió en Neiba.

Está, casi siempre sentado en su mecedora pajiza, debajo de una enramada, con un cigarrillo en la boca y una taza de café, confundido entre símbolos, metáforas, quejas, querellas y expedientes; así vivió, en ese amoroso terruño, rodeado de ternuras, palomas, gallos y datos notariales, floreciendo en destellos… hacia el universo, desde su exilio geográfico”.

La obra fue compilada y seleccionada por el poeta, narrador e investigador Luesmil Castor Paniagua, en la Editorial «Tiempo de nosotros». La diagramación y el diseño de la portada está cargo del ilustrador Harold Frías Maggiolo, y consta de unos 200 ejemplares. Santo Domingo, R.D., diciembre 2022.

Contiene, además, la dedicatoria (pag.7), con estas palabras:

A los de siempre, aquellos que le hurto el tiempo familiar… Bebé, mi compañera de toda la vida, mis hijos Ithiel y Habeerlyn y la nieta Lhía Masmely. Luego la de agradecimiento en las páginas 8 y 9, acompañada de una foto de Quinito, el índice en la página 11, y la presentación del libro a cargo de Julio Cuevas, con el título: “Ángel Hernández Acosta: poeta del exilio geográfico sur”, página 13-14, que dice: fue uno de esos autores que, para la estructuración de su obra literaria, eligió la soledad, como marco de referencia poética.

Los rejuegos metafóricos demarcan la poesía de su prosa, por lo que, desde el cuento, la novela y el teatro, nos permite descodificar su cosmovisión, asumiendo el dominio de una cadencia expresiva en el uso de la lengua.

Estamos hablando del sujeto que, junto a Bosch, inaugura en este país y en Latinoamérica y el Caribe, el «Realismo Mágico», Juan antes de que el venezolano, Arturo Uslar Pietri (16-5-1906/26-2-2001), en el 1947, comenzara a teorizar en torno a esa realidad literaria y filosófica».

Y antes de que el cubano Alejo Carpentier (16-12-1908/24-4-1980), asumiera su apego a esas vertientes de la literatura e iniciara su teorizar al respecto, en el 1949, ya Hernández Acosta, desde la dramaturgia, había proyectado el pensamiento mágico de nuestra gente, en su obra «Cocktail de escenas» (1938), en estos linderos geográficos de Bacáses, «Caboevela», «Cañamaca», «Olivorio» y «Makandal».

He aquí, cuando la épica regional traslimita su marco esquemático, para erigirse en testimonio de universalidad». Y en las páginas 15-16, tenemos “Unas palabras necesarias”, escritas por su compilador, Luesmil Castor Paniagua, presidente de la editorial «Tiempo de nosotros», escribiendo así en el antepenúltimo párrafo:

“Hoy Tiempo de Nosotros Editores pone en manos de los leyentes de la nación dominicana esta obra que sabemos llenará un espació vital en la narrativa nuestra, no solo por las temáticas tratadas, la impecable manera de contar con el apego a las normas escriturales del momento, razón por lo que en esta gestión cultural de investigación literaria, hemos respetado y dejado íntegra la forma y manera en que lo concebiste y escribiste cada cuento en su momento y época, esto no solo por respecto a tu altura de escritor que eres, sino para que los lectores puedan apreciar la agudeza del manejo de los contenidos y el tratamiento de los mismos en el instante en que te tocó hacer patria literaria”.

Mientras más adelante, observando las páginas preliminares, desde la 17 a la página 33, Alex Ferreras Cuevas inserta como prólogo un juicioso bien pensado y extenso estudio crítico sobre la producción narrativa de «Quinito», titulado: «Sentimiento trágico y regionalismo literario en los cuentos de Ángel Hernández Acosta: Su soledad, su dolor y su silencio».

El prologuista, el Dr. Ferreras Cuevas dice que: “Los cuentos de Hernández Acosta debieron haber sido inspirados en la tradición del realismo social en la literatura dominicana de la década del ’30, en el cual, por supuesto, se destaca la temática de la línea costumbrista. El escritor demostró profesar un amor y apego profundos por Neiba, su patria chica. Pareciera que no le llegó a preocupar en lo más mínimo que se le llegase a etiquetar de escritor provinciano por ello. En ese mismo sentido, no significa que por haber cultivado la literatura en su variante regionalista en su país se les trate como escritura marginal como algunos textos de Mark Twain, Henry James, William Faulkner, y demás, en la literatura regional de los EE. UU., como tampoco en esa misma medida deban subestimarse las descripciones de la vida de Wessex, del escritor y poeta trágico británico Thomas Hardy.

Hernández Acosta escoge a Neiba y lugares cercanos como escena ideal para sus narraciones…” (pág. 23-24).

En esta antología titulada La sombra homicida y otros cuentos, todos de la autoría de «Quinito», está estructurada de 9 narraciones, visto en orden páginas: «El otro Pedro Quin» (Págs. 37-44); «Loriana» (Págs. 45-55); «La sombra homicida», que es el título de la antología (Págs. 57-61); «Escena de amor en el trapiche»(Págs 63-67); «Este muerto no tiene credenciales» (Págs. 69-79); «Honor, mujer y gallos» (Págs. 81-86); «Las últimas bodas de la señorita» (Págs. 87-93); «Un prisionero» (Págs. 95-101); «Yerbabuena o un buey avergonzado» (Págs. 103-109). Nos incluye, además, en la página 111, la referencia bibliográfica consultada, presentado como una muestra de dar más rigidez al trabajo investigativo. Veamos:

El otro Pedro Quin. Isla abierta, suplemento periódico hoy. Sábado 6 de diciembre 1986.

Loriana. Isla abierta, suplemento periódico hoy. Sábado 2 de diciembre 1985.

La sombra homicida. Revista Cuaderno Dominicanos de Cultura. Año V11, No. 81/82-mayo / junio 1950. Editorial Stela, José Reyes 45. Santo Domingo República Dominicana.

Escena de amor en el trapiche. Revista Cuaderno Dominicanos de Cultura. Año V11, No. 81/82-mayo / junio 1950. Editorial Stela, José Reyes 45. Santo Domingo República Dominicana.

Ese muerto no tiene credenciales. Isla abierta, suplemento periódico hoy. Sábado 4 de abril 1987.

Amor, mujer y gallo. Isla abierta, suplemento periódico hoy. Sábado 4 de diciembre 1987.

Las últimas bodas de la señorita. Isla abierta, suplemento periódico hoy. Sábado 6 de diciembre 1986.

Un prisionero. Isla abierta, suplemento periódico hoy. Sábado 4 de abril 1987.

Yerbabuena o un buey avergonzado. Isla abierta, suplemento periódico hoy. Sábado 6 de diciembre 1986.

De ese libro, La sombra homicida y otros cuentos (2022), insisto y me uno a Julio Cuevas, citando el texto cuando dice que “es una antología que nos convoca a estudios más extensos y profundos, desde coloquios, mesas redondas, conversatorios y seminarios. No puedo silenciarlo, en esa antología de cuentos, no debió faltar «Carnavá», un cuento para ser debatido y degustado, en todo el Sistema Educativo Nacional”.

Y extendiendo la cita, ahora hacia el párrafo más abajo, cuando el mismo Julio Cuevas justifica su trabajo analístico, con estas palabras de remate:

“Ya al final de este trabajo, debo resaltar que esa antología es la excusa más certera, para que se pueda elegir la narrativa y la poética de «Quinito», para análisis o investigaciones de tesis de maestrías y doctorados, en las academias y demás centros de educación superior, a nuevo nacional e internacional, en estos tiempos globales”. (Acento.com.do: 04/08/2023)

Su compilador, Luesmil Castor recogió esas narraciones con el objetivo o propósito de que el país y el mundo conozca su discurso narrativo. La recopilación de estos nueve (9) cuentos y editados en un solo volumen, como libro es un aporte significativo para el pueblo literario dominicano, porque si observamos el escenario de referencia, o sea, el espacio geográfico y temática, todos quedan enfocados desde los cánones del realismo social. Ángel Hernández Acosta, en cada escrito supo presentar sus propias experiencias con hermoso lenguaje, donde nos narra acontecimientos de los cuales él mismo ha sido actor”.

Pues, desde el primer cuento, “El otro Pedro Quin”, se nota el abuso de la justicia dominicana cuando lo encarcelan injustamente, saliendo libre cuando ya está convertido en un cascarón; “Este muerto no tiene credenciales”, “Honor, amor y gallo” y “Un Prisionero”, fueron publicados en la década de los 80-90, de forma suelta el suplemento Isla Abierta, periódico Hoy, y tienen contenidos trágicos por su enfoque en la temática a causa de las continuas revoluciones que azotaban el país durante el primer tercio de siglo 20.      

Otro, como “Loriana” es triste y penoso. Esa jovencita cae en mano de un guarda que se conduele de ella y la protege hasta cruzar la frontera, y cuando se alejaba salva y sana, otro guardia le dispara y la mata. Loriana está ambientado en la matanza haitiana de 1937. “Yerbabuena o un buey avergonzado” tiene tinte de protesta y de denuncia contra el sistema explotador. El patrón se sirve del obrero, del trabajador y cuando no sirve lo abandona. Pero en este caso es un buey ya viejo, acabado, enfermo y como no da veneficio y consume más que lo que produce, entonces decide jubilarlo, es decir, matarlo de la manera más cruel, que es empujarlo barranco y luego, gasolina y fuego. Veamos este pequeño fragmento doloroso y cruel:   

“Emeterio llega casi arrastrando a Yerbabuena, el patrón no se hace esperar.

-Tiene usted razón, Lorenzo: hay que cambiar muchos bueyes. Yerbabuena que sea jubilado, pero como ha sido tan macho todos estos años, le concederemos una gracia, la primera y última, para que no lo imiten los demás: lo bañarán con gasolina, y como no quiero verlo envuelto en llamas, lo llevan al pretil de la cañada, allí lo empujan, y tiren cuaba al fondo. Lo harán cuando yo me haya ido. No sé por qué no quiere ver a Yerbabuena ajusticiado.

-Creo que no será necesario llevarlo, patrón -dice Emeterio, -Yerbabuena sabe ya lo que le espera.” (Pag. 107)

“Escena de amor en el trapiche” (Pág. 63) nos presenta un enlace idílico entre el joven Manuel quien trabajaba como peón en el trapiche propiedad de Ambrosio, padre de Antonia, su amor. Manuel no es visto con buenos ojos por Ambrosio, no lo acepta. Su rechazo llega tan lejos que amenaza hasta matarlo si continúa cortejando a su hija. Así decía el padre:

-¡He de matar ahora mismo al bandido que perturba a mi hija! ¡He de matarlo!… yo no puedo soportar que un tipo como Manuel se burle de mi carácter!

Antonia se sintió sin fuerzas, y como último recurso, exclamó decidida:

-Padre mío, ¡si lo matas, me mato!” (Pág. 67)

“La sombra homicida” (pág. 67) se concentra en una promesa de matrimonio no cumplida. Ernesto lo envían al pueblo a continuar sus estudios y María queda abandonada. Solo la promesa de Manuel los une. María muere y el siente en todas partes la sombra misteriosa de María. Sufre y nunca logra olvidar ese momento junto a la amada que dejó en espera. A al final termia vencido, también muere.

-“Se está muriendo!

-¡Dios mío! ¿qué ha sido?

-¡Ernesto! ¡Ernesto!

El moribundo abrió los ojos lentamente, y los volvió a cerrar por última vez, diciendo estas palabras.

-¡La sombra de María!… ¡La sombra! (Pág. 61)

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