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19 abril 2026
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El Ojo del Hechizo y otros Relatos MÁGICO-RELIGIOSOS, En el País de Las Maravillas, de Luesmil Castor Paniagua

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Por Ramón Núñez Hernández

Un proverbio chino de época muy remota reza que nuestro ciclo de vida está completo, cuando escribe un libro, siembra un árbol y engendra un hijo, y Luesmil Castor Paniagua tiene una familia formal, con dos hijos, preparándolo como hombres de bien, con una buena educación y de conducta impregnada de altos valores. Por tanto, por su origen campesino, la siembra de árboles es un hecho y es el acto más sencillo.
El ingenioso proceso escritural y publicación del libro es más complejo, porque necesita reunir muchos factores juntos, predominando la intelectualidad, conocimientos, imaginación y curiosidad y, un buen manejo de la lengua. Todo se sintetiza con el don del saber. Sin embargo, esta es una tarea cumplida. Él no solo ha escrito uno, sino que tiene cuatro libros publicados. Mas es autor de diversos títulos en el campo de las relaciones públicas y la comunicología, publicados en revistas y periódicos nacionales. En el ámbito de la poesía tiene: Herencia del dolor (1996) y Mamá Tingó en tambor de agua (2021). Este último, es un poemario en prosa, organizado desde la presentación por veintiún (21) textos poéticos-narrativos, así como otras poesías sueltas recogidas por antologías y suplementos literarios.
En la prosa ensayística y la narrativa de ficción, en 2018 publicó el libro de ensayo, Una mirada distinta al gran Ezra Pound, y luego, en el 2019 cuentos y poesías en la Antología Sur al Sur, compilada por el Grupo Sur Santo Domingo y, en el 2021, El ojo del hechizo y otros relatos mágico-religiosos, colección de cuentos considerados único en su género, porque según los críticos y analistas literarios, muy pocos libros en el país se han escrito en torno a una sola temática, aunque en la gente común de los barrios, el mundo pueblerino, los aislados campos y en la vida cotidiana de nuestro quehacer social es algo normal, por ser un tema de cada día en nuestro país maravilloso.
Luesmil Castor Paniagua es educador, poeta rebelde con sus versos, ensayista, narrador y periodista. Nació en San Rafael del Yuma, provincia de La Altagracia. Es licenciado en Comunicación Social por la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), academia donde labora como catedrático desde 1994.
El volumen de cuentos, titulado El ojo del hechizo y otros relatos mágico-religiosos, es un extraordinario y monumental aporte para la cultura dominicana y, en particular, para la historia folclórica y sus aficionados a esas creencias misteriosas, propias del paganismo en el país de las maravillas, porque a partir de este tan significativo manojo de relatos, escrito por Luesmil Castor, basándose en investigaciones de campo hechas de manera directa “a los protagonistas, que como se observa, es gente común de nuestros campos y barrios, recupera unas narraciones que a veces, por ser tan conocidas casi no les damos valor e importancia y, sin embargo, Castor las trae de la oralidad a la escritura con una fuerza vital que al leerlas o escucharlas de nuevo nos sorprenden, nos impactan y espantan, dejándonos en todo el cuerpo el mágico-escalofrío de un febril estremecimiento”, escribe Alejando Santana.
Consta de 27 cuentos breves, cargados de maravillas creíbles, donde el de mayor extensión es el que encabeza la obra, titulado “El ojo del hechizo” con 12 páginas, desde la 21 a 32, estructurado con oraciones extensas, casi siempre compuestas y párrafos cortos, poco uso de los signos de puntuación y la forma dialogada y la descripción, pero con una lectura muy asimilable y dinámica, que no aburre. Está distribuido en 136 páginas. No tiene ilustraciones internas, pero sí una breve biografía con una foto del autor en la solapa. Como portada y contraportada tiene una ilustración con la imagen de cuatro fenómenos cadavéricos, aterradores y fantasmal, acompañándolo del fuego y tres manos abiertas con los dedos desgarrados, esqueléticos, que generan pánicos al observarlos. El color es negro. El diseño de portada, ilustración y diagramación está a cargo de Amado Santana, y, por último, el prólogo y presentación en la contraportada a cargo de Alejandro Santana, que es un referente importantísimo del contenido plasmado en la escritura ficción. La impresión es de Impresora Soto, Editorial Santuario, Santo Domingo, RD, 2021.
El ojo del hechizo y otros relatos mágico-religiosos es la última obra salida de la pluma de Luesmil Castor y está concebida bajo la influencia de la corriente realista mágico-religiosa y los misterios, en nuestra manera de pensar y de actuar. Existe una determinada fusión de elementos realistas con los fantásticos, de lo sagrado con lo pagano, de creencias espirituales asociadas con lo mágico-religioso, o sea, una religiosidad mística desde el principio hasta el final de la escritura. Un realismo confuso o no sé si llamarlo realismo. Yo solo sé que la gente cree en esos mitos, en esas supersticiones, en esos embrujos, en los hechizos y ritos mágicos y los vive como parte de su vida cotidiana. Ellos, si está lloviendo mucho, recurren a Santa Clara, si por una intensa y duradera sequía, a San Isidro Labrador y a las Ánimas del Purgatorio, y, por las almas en penas purgando sus pecados, rezan esta oración: “por las Almas benditas todos debemos orar, para que Dios las saque de penas y las lleve a descansar”. Por tanto, el autor no falsea nada, lo que él cuenta es real, verdadero porque según ellos sucede y están ahí a la vista. Aquí, según dice Alejandro Santana, la voz “de las creencias populares son las protagonistas y en esa misma dimensión son estas las que toman el discurso narrativo para decir la verdad”. Verdades que no por ser mágico-religiosas están ausentes de la realidad.
Su lenguaje es ordinario y coloquial, truculento, a veces informal, narra sin adorno y sin ningún recurso estilístico tendente a hermosear la lengua, ni preocupado por el estilo, aunque la enriquece por la abundancia de palabras y parafraseo propias del hablante barrial, el hablante pueblerino, y en particular, el hablante campesino, que desea mantener sus costumbres y tradiciones. El autor pone más interés en contar lo que ve a diario y les contaron los aficionados a esas creencias misteriosas, mágicas y los hechizos. En decir las cosas como se las narraron. El uso prolijo de dominicanismos o jerga local del pueblo creyente en los brujos y en los curanderos con sus recetas de brebajes, la tisana de hojas y raíces, los ensalmos, los remedios caseros, las oraciones en silencio acompañada de la señal de la cruz, la famosa pócima, su medicina natural y botellas preparadas con sumos, los ungüentos, así como la invención de los sobrenombres y apodos de los sus personajes.
Esos personajes son generalmente, en cada uno de los cuentos, personas de escasa escolaridad o ninguna, gente sencilla y humilde, aunque creen que los saben todo, sin nombre porque no tienen apellidos. En ellos los apodos dominan el escenario onomástico: Alíla, Pachín, Pancholo, Pililo, Cuca, Chulo, Chichita, Cocó, Pepe, Pepitín, El Jodón, Free, Cuchito, Matití, Miguelón, José Cheché, Tilín, Juanchi, Chelo, Quinque, Chencha, Vilila, Jeñé, Tintín, Friné, Sargento Cuninga, Manuelico, Liopa, Minina, Feliz Matatica… Espíritus divinos del mundo pagano: alcajé, galipote, zánganos, bacá, vudú… las creencias en las brujas que vuelan montadas en una escoba, las brujas que chupan los niños a las 3:00 de la madrugada, la aparición perros y gatos negros en el camino durante la noche, negocio con el diablo, el cuchillo ensalmado, prender las 13 velas, seis de colores y siete blancas en martes 13 a media noche, los santiguos y los ensalmos con la señal de la cruz, el maleficio, el mal de ojo, el agua bendita y el agua de florida, el jabón hechizado, las velas de diversos colores, poner a hervir un papelito ensalmado por tres minutos antes de la doce de la noche del día martes, la venta de personas para ponerla a trabajar de sol a sol como esclavos, sin agua ni comida en Haití y muchos elementos más, están presentes y enriquecen la obra.
Habría que anotar también un referente primordial, visto como el clímax central en los 27 relatos, que son: el lío de faldas, el odio y los celos, el adulterio, la envidia, lucha por herencia entre familia, el miedo, la ignorancia y la arrogancia y, una cualidad normal en la narrativa tradicional es el desenlace cerrado que termina con la muerte. Véase algunos especímenes de referencia:
“Del rincón, extrajo la funda con las velas, la que pasó con la mano izquierda al recién llegado visitante, que la tomó con igual mano y se marchó sin decir palabras y mientras se alejaba su figura y la del perro iban creciendo hasta perderse en la distancia con un tamaño tan gigante como se le vio llegar.
En la funda iba una vela de color verde, una azul, una roja, una amarilla, una marrón y la tradicional negra y las siete blancas por supuesto, de igual forma se encendieron en el casón de los misterios. El día que la última vela blanca se gastaba ella estaba en cama sin haber podido curarse”. (Martes 13, págs. 64)
Pese a ello, luchó contra el mal que le echó una querida de Papá Lico para amarrarle la barriga, y suerte a la vieja Maruca, que además de partera tenía dones divinos, los que se llevó a sus 105 años cuando se fue para el cielo. Aunque aquella vez pudo romper el maleficio y bautizó a Alíla en la barriga, dejándola de por vida al amparo de la luz de San Miguel, como siempre le decía cada vez que la visitaba, mientras vida tuvo.” (p. 22)
Llamó a uno de los familiares y enseguida ordenó: “empezaremos con tres tomas de café puro y amargo, con tres dientes de ajo atravesados, uno con una fina estilla de canela, otro con un clavo dulce y el último con una estilla de nuez mocada, durante tres días consecutivos todas las mañanas antes de que salga el sol y preparado por su mujer”. (p. 26)
Retirándole aparte ella lo miró y le dijo: “ese muchacho ya es nuestro”, cuando lleguen, pongan a hervir ese papelito por tres minutos antes de las doce de la noche de esperar el día martes.” (El ojo del hechizo p. 29)
“Cuando lo entierren vigilaremos la tumba, para que no puedan sacar el cadáver y se lo lleven para el Alcajé, para allá, para las lomas de Haití”. “Sí, allí donde le dan comidas sin sal, para que no pueda reconocer a nadie mientras lo ponen a trabajar de sol a sol”. Chulo se sumó a la conversación, su poca destreza en el tema, su ignorancia del mismo, hacían torpe su comentar, era que en su mente se repetían seguidas las imágenes cuando echó en el trago de Manolito la pócima que lo vendería y lo llevaría al estado en que ahora se encontraba.
Se quedó tranquilo y pensó: ya es tarde, el daño está hecho. Siempre lo envidié y ella nunca lo quiso.” (La envidia p. 11)
“Cuando vaya al pueblo”, siguió diciéndole: “compre, para que le haga un baño de viví viní, vente conmigo, no me olvide nunca, déjalo pegao, tres gotas de aceite rosas vírgenes, agua de las tres cruces y olvídese que esa está sana, y bailando ahorita mismo.” ((La riqueza de don Pepe p.42)
“Allí, en esa casa, cerradas las puertas y apagadas las luces, empezaba la “fiesta de los espíritus”. Una mecedora no deja de emitir sonido de un continuo mecido misterioso, el cual desaparecía con el encendido de las luces, pero cuando te acercaba estaba vacía y quieta.
Cuando se apagaba de nuevo la luz, en la cocina empezaba a escucharse el estallido y estruendo de platos que se rompían al escuchar el piso; caídas de ollas de aluminio o de jarros y cucharas no cesaban hasta que se prendía de nuevo la luz.” (La casa embrujada, P. 135)

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